Justo una semana y cuatro días después de que Leila entrara por mi ventana y poco después se fuera sin dejar rastro, me levantó muy temprano, es el primer día de instituto después de mis dos años de intercambio. Mi madre me ha dejado el desayuno preparado ya que en su primer día en su nuevo trabajo (enfermera en el Carlisle Abbey Caldew Hospital) no quiere llegar tarde.
Me preparé todas las cosas anoche, así que me ha dado tiempo a ordenar mi habitación ¡dos veces!
Papá me trae al instituto, me deja en la puerta y dice:
-Que disfrutes de tu primer día de clase y cuidado con las puertas de las taquillas.
Me encuentro con un compañero de otro año. Creo que se llamaba Michael, ¿no?
-¿Qué tal tus años de intercambio, Adam?
¡Se acuerda de mi nombre! La verdad que me sorprende…
-Pues bastante bien, aunque he echado mucho de menos a mi familia.
Michael sigue hablando, lo oigo de fondo, pero ya no lo escucho. Estoy embobado mirando algo realmente asombroso…
-¡Adam! ¿Me estás escuchando? ¿Qué mi…ras? ¿Las conoces?
Logro escucharlo de fondo, todos mis sentidos están puestos en observar detenidamente al grupo de chicas que avanzan por el pasillo del instituto. Ni siquiera le contesto a Michael. Sigo concentrado en ellas; bueno, más bien en ella, porque estoy cien por cien seguro de que es ella, Leila, no hay otra persona en todo el mundo igual que ella, a no ser que tenga una gemela. Una de las chicas, la del pelo negro y largo le da un codazo a Leila, ella se gira y me saluda con la mano mientras me sonríe, se vuelve a girar y sigue andando con las otras chicas.
-Parece que sí las conoces, Adam.-Me dice Michael con un tono bastante sorprendido.
-Te corrijo. “La” conozco. Se llama Leila. Las otras chicas no tengo ni idea de quienes son.
Las chicas, aunque son diferentes entre sí, tienen algo que les hace parecerse entre ellas. No son el típico grupo de amigas del instituto.
Suena el timbre y me encamino hacia el aula 13. Qué bien, mi número de la suerte, allí estará mi tutor/a de este año. Mi sorpresa es mayúscula, cuando al entrar, encuentro a Leila en una mesa a mitad del aula, lejos de las ventanas. Me sonríe como de costumbre y me hace gestos con la mano para que me acerque. Al principio dudo un poco, porque nunca me hubiera imaginado que Leila estaría en mi clase, pero después me acerco rápidamente, no puedo perder esta oportunidad. Pero me acuerdo de que hace una semana y cuatro días que me dejó solo en mi habitación sin darme una explicación lógica de todos sus actos, llamémoslos, “poco habituales”; también me acuerdo de que me dijo que volveríamos a vernos pronto, todavía la estoy esperando.
-Parece que a ti también te van las ciencias- me dice Leila.
-Sí- Ese sí ha sonado poco convincente, y lo sé, no me importa.
La puerta se cierra con un golpe sordo, me giro y el profesor, un tipo joven, bajito y pelirrojo, se aclara la garganta. Ya no hay ningún sitio libre, a excepción del que queda junto a Leila. Genial, con lo que a mí me gusta el sol y me voy a pasar todo el curso en la sombra, literalmente. Al menos hay algo bueno de esto y es que voy a estar toooodoooo el curso sentado al lado derecho de Leila. No tengo más remedio que sentarme a su lado, no sin luchar antes contra un mar de mariposas y saltamontes.
Las dos primeras clases se pasan rápido y salgo del aula camino de la cafetería, que sorprendentemente todavía recuerdo donde está (el lugar donde habitan esos pastelillos tan buenos no se olvida fácilmente). Leila no para de seguirme, revoloteando a mi alrededor, me está poniendo nervioso.
-¿No me hablas?- Pregunta Leila al fin.
-Te fuiste sin darme ninguna explicación. Entras y sales de mi casa por la ventana. Me prometiste que nos volveríamos a ver pronto, te he estado esperando desde ese día y tú no has aparecido. Y encima ahora te enfadas porque no te hablo, me parece estupendo, genial, sí señor.- Este soy yo con uno de mis ataques de histeria.
-Lo siento, pero he estado muy ocupada con la comida y ayudando a mis hermanas con todas sus tareas; además Rose tuvo otra de sus grandes ideas...
Sigo andando camino de la cafetería, con los puños cerrados y el ceño fruncido. Tras de mí escucho, porque estoy escuchando y no oyendo, un murmullo de varias voces femeninas y unas risitas, entre el murmullo logro distinguir mi nombre. Me giro y veo a ocho caras sonrientes y sólo conozco a una de ellas. Es algo realmente desconcertante.